
10:00 h. Hace frío, siento una pesada carga en mis hombros. Es una gabardina de franela gris que no recuerdo. Mis huesos me pesan, mi cabeza esta embotada. Estoy de pie, en una calle con el asfalto húmedo. No hay tráfico. Se oye una furgoneta marcharse por el pavimento. Silencio, el cielo gris.
-¡Buena jornada, compañero!
Reconozco difícilmente la voz. ¿Era amigo mío del colegio? ¿O de la Facultad?
Abro un ojo y vislumbro otra persona con la misma gabardina que yo. Sonriente pero con ojos tristes. La cabeza inclinada en un gesto que parece adquirido por la costumbre.
-Eres…, eres mi amigo Pe…
-¡Shhh! Calla. No digas ese nombre. ¿No sabes que no se puede replicar el nombre del líder? Hay que ver con vosotros los “reconvertidos”. Toma, te he traído el soma diario. Pruébalo, este mes es de color amarillo. Nos lo traen de Vic.
-¿Qué? ¿Cómo dices? ¿Pero esta pastilla qué es? ¿Para el dolor de cabeza? Tu eras Pedro, el chistoso de la clase, ya me acuerdo.
-Calla. No vuelvas a pronunciar el nombre de nuestro “Solucionador”. Venga, vamos a un sitio que conozco y te pongo al día, que llevas mucho tiempo en la sala de “reconversión”.
Mi nuevo amigo me llevó de camino por la calle, vacía, sin coches. Me explicó que mi familia marchó por la frontera antes de la Ignominia. Después de eso todo fue caos, truenos, el cielo negro y luego vino el “silencio informativo”.
-El silencio ¿qué?
-Mira, empezaron con el cierre de las oficinas de prensa, luego vino el Troyano y se cargó los ordenadores y los móviles. Ya no funcionan los teléfonos. La web sólo está disponible para el Gobierno.
-Pero, ¿cuánto tiempo llevo dormido?
-¿Dormido? Tú vienes de la reconversión. Tardaste más que yo porque vieron que leías muchos libros. Tuvieron que reprogramar tu sistema de juicio crítico. Pasó con unos pocos. No te preocupes mucho, aún están experimentando con el logaritmo. Pronto introducirán la versión Frankestein 3.0, la 2.0 dio algunos problemas de borrado de conocimientos.
-Venga, qué me estás contando. Esto es 1984, ¿o qué?
-Shhh. Calla, otra vez. Ni yo debería saber qué es eso. No se puede citar a los padres del revisionismo.
-¿Qué dices? Si era todo lo contrario, una crítica.
-No, sus frases son el fundamento del comienzo de la “Nueva y Próspera Comunidad”.
En esto, nos llegamos a una calle muy ancha, con una cuesta, que tenía al lado un edificio que me recordaba a un palacio, romano o griego -mi memoria tenía lagunas-. Había unos leones de bronce. El techo estaba destrozado.
-Eh, todo eso que dices de modernidad y algoritmos, ¿por qué está tan mal este edificio? Parece una academia o una asamblea.
-Calla, calla. Era el antiguo… Congreso -dijo mi amigo bajando la voz-. Ahora ya no es necesario. Las leyes se aprueban por el sistema mental.
-¿Cómo? ¿Qué dices?
-Sí. Cambiaron la Constitución -dijo con asco y echó un escupitajo al suelo-. No era eficiente estar horas y horas debatiendo, y los diputados siempre hacían lo que mandaba el líder. Se intentó poner androides con IA, pero costaba mucho dinero, y al final se decidió centralizar las decisiones en la mente del “Hacedor”.
-Ostras. Pero entonces, ¿ya no hay elecciones, no hay que votar?
-Nos van a denunciar, cállate. ¿No sabes que la Policía del Pensamiento hace rastreos aleatorios? Lo de votar se eliminó cuando la gente se cansó de protestar. Redujeron el racionamiento a los que hacían huelga y detuvieron a los manifestantes por subvertir el “Nuevo Orden”.
Continuamos andando y llegamos a una gran plaza con un reloj. El caso es que me sonaba, sobre todo una bola grande que tenía arriba. Pero no entendía por qué en lo alto de la torre estaba el retrato de un señor con gesto firme y desconfiado. Me sonaba de algo, pero no caía.
-Este no era…. el hombre éste…, Ped….
-Calla ya. En esta zona nos pueden detener sólo por decirlo. No le mires. Agacha la cabeza, que viene un grupo de convertidos.
Por nuestro lado pasó una procesión de seres envueltos en la misma gabardina gris de tejido pesado. Todos caminaban al unísono, con la cabeza baja. Alrededor de ellos iba un grupo de señores con flequillo despeinado. Todos iguales. Con un lazo amarillo en la chaqueta.
-Caminad, caminad. El tiempo es lo único que el líder no puede cambiar, pero sí el pasado y el futuro.
-Sí, sí -repetían todos, de forma sonámbula.
-Sí, sí -volvían a repetir, con más énfasis.
Con la cabeza agachada miré a mi compañero.
-¿Quiénes son, zombies?
-No. Son nuestros historiadores. Son lo más alto de la escala social. Sólo a ellos se les permitió conservar las dotes de escritura y lectura. Revisan la historia, cambiaron la Constitución -puag, y volvió a echar un escupitajo-, y nos preparan las noticias necesarias para nuestro entretenimiento diario.
-Pero, ¿cómo las leéis, si no hay internet?
-Ya no hace falta. Se transmiten a la mente por inteligencia artificial. Es muy cómodo. Ya verás como te gustan las entrevistas en “El ratonero”.
Así seguimos caminando hasta otra plaza muy grande. Tenía una catedral a la izquierda. Sólo quedaba una torre. Y un palacio grande. Me sonaba de algo, pero no recordaba que fuera todo de color rojo.
En esto, pasó un gran coche negro protegido por varias motos levitantes.
-Arrodíllate, rápido -dijo mi compañero.
-¿Qué? Que el suelo está mojado…
Rápidamente, tiró de mí y me obligó a postrarme, no sin antes mancharme la pesada gabardina.
Fiuuuuu. Rápidamente pasó la comitiva como una exhalación.
-Por poco. Nunca puedes mirarle, ni menos hablarle. Sería una falta al código de la individualidad. Menos mal que he tirado de tu gabardina. Nos hubieran podido destinar a la mina de datos. Es lo peor. Tienes que custodiar los archivos informáticos en la “Sima de la Ignorancia”. Es mejor ser vagabundo como yo.
-¿Pero quién era el del coche? ¿Vive ahí?
-Sí, es el palacio del líder. Calla y haz como yo. Agacha la cabeza. Vámonos, que esto no es seguro. Toma, coge esto.
Me dio lo que parecía una linterna. Fuimos caminando hasta lo que era una boca de metro. La puerta cerrada con rejas. Mi amigo cuchicheó unas palabras y, de pronto, salió un ser escondido a abrirnos.
-Vamos, no te demores. Hoy tenemos reunión. Nos vendrán muy bien los libros que leíste. O los que te queden en la memoria…