Relato presentado en el III Concurso de relatos de Alcañizo, 2022.
Don Agustín
TAN-TAN-TAN-TAN-TAN. Sonaban las cinco campanadas en la torre del reloj de un jueves de agosto. Allá arriba, en la plaza de la Iglesia, bajo un sol abrasador, Don Agustín avanzaba lentamente arrastrando los pies.
La sotana le caía larga y el sombrero negro le tapaba toda la cara. Con la cabeza gacha, circunspecto y apesadumbrado, caminaba tan despacio como si ya no tuviera fuerzas para andar. Seguía con su cayado un trayecto que conocía de memoria, hasta la Sacristía, acompañado de “Bola”, un pequeño chucho al que nadie quiso cuando nació y que él aceptó al poco de llegar destinado a este pueblecito de la provincia de Toledo, que se convertiría en su familia y su hogar.
Había cuatro niños jugando en la plaza a la pelota. Por respeto al padre Agustín, y viendo su semblante tan serio, pararon el juego de inmediato. Algo raro pasaba, Don Agustín no solía comportarse así, siempre gustaba de charlar con los mozos y de contarles alguna anécdota de cuando estudió en el Seminario.
Fermín, el de Cirila, la panadera fue a buscar a su padre para preguntarle. Este le dijo: – Hijo, tranquilo. No le molestéis. Sale de la casa del lechero. Una desgracia, una desgracia. Qué le vamos a hacer… Vuelve a jugar con tus amigos.
A Fermín no le convencían mucho las explicaciones de su padre. Los mayores hablaban de modo muy raro. Fermín barruntaba que algo pasaba con el hijo recién nacido del lechero. Aquel, no había salido a celebrar el nacimiento con sus amigos al bar, como era costumbre. La casa permanecía cerrada todo el día y salvo por la visita de Don Agustín y de Pascuala, la lavandera, nadie más -aparte del médico- había visto al recién nacido.
TAN-TAN-TAN-TAN-TAN. El reloj volvió a cantar las cinco de la tarde, repitiendo el toque, como hacía con todas las horas, para que los jornaleros pudieran escuchar bien la hora allá a lo lejos del pueblo, donde se encontrasen faenando.
Don Agustín, camino de la puerta de la Sacristía no conseguía reprimir las lágrimas que afloraban en su cansado rostro. Ya era la tercera vez en dos semanas que tenía que dar los santos óleos. El primer día fue al padre del Alcalde, que después de comer se encontró indispuesto y no podía respirar. El segundo, cinco días después, a Juanelo “el cojo”, que venía del campo y después de tomarse media bota de vino, decía que se ahogaba.
Don Agustín estaba convencido de que no podía ser casualidad tantos fallecimientos seguidos. Algo pasaba, de eso estaba seguro. Pero no tenía forma de averiguarlo y don Bernardo, el médico había marchado fuera de vacaciones a San Sebastián, como hacía todos los años al llegar el día de la Virgen de El Carmen.
Don Agustín esperaba impaciente que el doctor le contestara sus cartas. Sabía que el correo era lento, pero se había asegurado de que Luisito, el cartero, dijera en la oficina central que era un asunto urgente. Don Agustín insistía en sus cartas que, por favor, el doctor le enviase una receta al boticario, pues algo había que hacer para frenar esta sangría.
En esto estaba pensando el sacerdote cuando con su perro en el regazo, se quedó traspuesto en la casa parroquial, debido al sofocante calor.
-Padre, Padre. Despierte -las voces de La Pasa, le despertaron. Abrió un ojo sin saber qué pasaba, si esto era un mal sueño, o también a él le había llegado su hora.
-¿Qué te ocurre hija? ¿Por qué gritas así? ¿Qué es este escándalo?
La Pasa no sabía por donde empezar. Don Bernardo, el doctor, había llegado con su coche de la playa. Decía que la cosa era “seria”, pero que poco se podía hacer, que si estuvieran en Madrid, sería otra cosa…
«Otra cosa, otra cosa» Don Agustín se quedó dándole vueltas a esta idea. -¿Pero qué es lo que le pasa a esa pobre criatura? ¿Por qué le cuesta respirar? -quiso saber Don Agustín.
La Pasa, que estaba muy nerviosa, decía que el doctor había salido de casa diciendo que faltaba penicilina, pero que ya no quedaba nada en ninguna parte. Las fábricas estaban cerradas por vacaciones y todas las dosis se habían gastado en la comarca. Ya no se reponían con tanta frecuencia y había quien aseguraba que alguien en los sanatorios hacía estraperlo.
-No hay remedio, no hay remedio -no paraba de decir el doctor, que había gastado la última inyección que le quedaba asistiendo un parto mientras estaba de vacaciones- Ese niño no pasará de esta noche…
En eso, Don Agustín se acordó que Manuela, la maestra, tenía un hermano enfermero que trabajaba en el cuartel de la Guardia Civil en Oropesa. -¡Quizás él pudiera echar una mano! -se decía con esperanza el cura.
-¡Pasa, ve y busca a Fermín, que tiene buenas piernas! Dile que vaya a Oropesa a pedir ayuda al Gamusino, el hermano de Manuela, ¡corre!
La Pasa, sorprendida, empezó diciendo: ¡Pero Don Agustín, Don Agustín…!
-¡Corre Pasa! No hay tiempo que perder.
La noticia se extendió como la pólvora en el pueblo. Nadie quería que el bebé del lechero y su mujer muriera. Rápidamente, de las casas vecinas salieron señoras con sábanas nuevas para el bebé, abanicos, un cubo de agua fría y una esponja. Todo el mundo dejó lo que estaba haciendo con tal de echar una mano mientras con el corazón encogido esperaban noticias de Fermín y el hermano de la maestra.
El reloj dio las nueve de la noche. El sol estaba comenzando a ocultarse y todos los vecinos miraban hacia el camino de Oropesa pendientes de ver la bici de Fermín, esperando su llegada como si de la aparición de un cometa se tratase.
El lechero estaba sentado cabizbajo solo, con todo el pueblo a su espalda, al pie del camino. Pensaba que Fermín bien podía haber pinchado una rueda y que para cuando llegara, la penicilina ya no sería necesaria.
En esto estaba cuando el Chinche, el mejor amigo de Fermín pegó un gran grito, alertando a todos los vecinos: ¡Es él, es él! Viene con el Gamusino. ¡Va como una bala!
Tan pronto como la bici entro en el pueblo, el doctor cogió la inyección de penicilina del zurrón del Gamusino, convencido de que aún había tiempo.
Rápidamente llevaron agua y unas pastas a Fermín, que estaba exhausto de pedalear tan deprisa. Tenía un roto en el pantalón, de haberse dado con alguna zarza. No le importaba.
Mientras bebía agua, la Pasa salió a la plaza diciendo: -Se va a salvar, se va a salvar. ¡El Doctor dice que el niño no tiene fiebre y que está empezando a comer!
Don Agustín juntó las manos mirando al cielo y justo en ese momento, el reloj dio las doce campanadas, al son de las cuales musitó un Padrenuestro, aliviado y reconfortado.
