una posibilidad entre un millón

Todos los años Juan iba con su abuelo a dar un paseo por el centro de Madrid y a comprar un décimo de lotería. Era una costumbre que su abuelo Pedro le había transmitido desde que era pequeño. Su abuelo le decía que era lo mismo que él hacía de pequeño con su abuelo Jaime, el tatarabuelo de Juan.

El año pasado se hicieron una foto en la Puerta del Sol después de comprar el décimo. Acababa de publicarla en Instagram, diciendo a sus amigos que estaba deseando volver otra vez con su abuelo Pedro a por el décimo de Navidad. Mañana sábado habían quedado para dar el paseo navideño tradicional.

Su abuelo Pedro no entendía nada de Instagram ni de redes sociales, pero disfrutaba muchísimo con su nieto yendo cada año a por un décimo a Doña Manolita. Solían ir temprano, para evitar la larga cola que se formaba. Luego les daba tiempo a tomarse un chocolate con churros y después se iban a ver las luces del centro de la ciudad.

Cinco minutos después de publicar la foto en Instagram le llegó un email del colegio. Otra tarea -pensó-, con la cantidad de deberes y exámenes que tenemos a fin de año. Con un poco de desgana, abrió el correo en el móvil y empezó a leer. No daba crédito, Manolito, que siempre estaba jugando al fútbol, había dado positivo por la mañana.

A estas alturas Juan ya sabía que dar positivo no era sacar buena nota en Matemáticas o Sociales, sino que, por tercera vez, Manolito había cogido otra vez el COVID.

Ya no podrían ir a clase durante diez días. Eso no era mala noticia del todo, se le daba muy bien usar Zoom para conectarse a las clases, pero le habían fastidiado el plan con su abuelo, porque, por culpa de Manolito, tenía que quedarse confinado en su casa hasta pasado el sorteo de la lotería.

  • Hola Abu -dijo Juan al teléfono-.
  • Hola nieto. ¿Qué tal te va Juan?
  • Pues bien, pero me temo que este año no voy a poder ir contigo a comprar el décimo. Han confinado mi clase. Me hacía mucha ilusión que fuéramos juntos a comprarlo.
  • ¡Vaya Juan! Eso sí que es una faena.
  • Pues sí, pero qué le vamos a hacer. Todo el mundo está cayendo contagiado con el bicho este.
  • Tienes razón Juan. ¿Te parece si voy a comprar el décimo y te lo dejo en un sobre en tu buzón?
  • Estaría genial Abuelo. Cuando salga del confinamiento, nos tomamos unos churros con chocolate.
  • Perfecto hijo. Nos sabrán a gloria.

Juan colgó el teléfono y se alegró de que, al menos, pudieran comprar el décimo. A él le hacía mucha ilusión poder comprarlo con su abuelo, pero este año el bicho seguía fuerte y trastocaba todos los planes.

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Juan se estaba despertando cuando escuchó que su teléfono no paraba de pitar. Estaba cabreado porque quedaba un día para el sorteo de Navidad y no tenía aún el décimo. Su abuelo tenía miedo de hacer una cola muy larga con la cantidad de positivos que había todos los días.

El móvil seguía sonando. Los compañeros de clase no paraban de enviar mensajes como locos. Con un ojo cerrado y el otro entornado miró las notificaciones del móvil. No entendía lo que pasaba:

  • [Pepe] En serio? No me lo creo? Esto sí que es un notición.
  • [Carmen] Ya decía yo que era muy raro…
  • [Jorge] Pues yo ya me había acostumbrado otra vez a estar en pijama todo el día. Qué rollo tener que ponerse el uniforme otra vez y ver al Señor Rogelio!

Mientras Juan se desperezaba fue abriendo la aplicación de Whatsapp y se enteró de lo sucedido. La directora del colegio había mandado un email diciendo que a Manolito le habían hecho PCR y que había dado negativo.

Juan estaba exultante de alegría. Llamó a su abuelo antes incluso de desayunar.

  • ¡Abuelo!, ¡abuelo!
  • ¿Quién? ¿Diga?
  • ¡Abuelo! Soy yo Juan, no te vas a creer…

¡Pum!

Se oyó un fuerte golpe y la conexión se cortó. Sin pensarlo dos veces Juan se puso lo primero que encontró y le dijo a su madre que iba a ver al Abuelo, que no pasaba nada, que ya no estaba confinado.

Cuando llegó a la casa de su abuelo, encontró al Señor Ramón, el portero, que estaba abriendo las dos puertas del portal. Pasaba su abuelo en la camilla, sin parar de hablar con los enfermeros que le llevaban, de la mala pata que tenía.

  • No se preocupe usted, señor, que podrá ver el fútbol esta noche en el hospital.
  • ¡Qué faena! Yo que había quedado con mis amigos a verlo en el bar esta noche… ¡Qué mala suerte! Este año es un rollo, tampoco podré comprar la lotería y se lo había prometido a mi nieto.
  • Abuelo- dijo Juan al verle-. ¿Qué te ha pasado?
  • ¡Hola Juan! ¡Qué alegría verte! Nada, que al coger el móvil esta mañana me he caído de la cama y me he dado un trastazo que no te imaginas. A ver si me arreglan en el taller pronto. Pero, por cierto, ¿tú no estabas confinado?
  • No, nos han dicho que ya no hace falta, porque Manolito…

En ese momento se lo llevaban en la ambulancia. Pedro seguía sonriendo mientras le miraba a su nieto por el cristal. No quería que se preocupase.

Cuando Juan llegó a casa, no entendía lo que pasaba. Su madre estaba muy nerviosa. No paraba de decir “es un desastre, es un desastre”.

  • Mamá, tranquila, ¿qué ha pasado?
  • Un horror. El abuelo…
  • ¿El abuelo? Pero si estaba de lo más hablador esta mañana.
  • Qué va, que le han hecho unas pruebas y tiene una vértebra rota. No se qué han dicho en el hospital de que hace falta una máquina que no hay en España y que es muy cara.

Rápidamente Juan se puso a buscar en Google. Efectivamente, había muchos pacientes con la misma dolencia que su abuelo. Los que podían iban a Estados Unidos o a Japón, que es donde había las mejores máquinas para la operación que también precisaba su abuelo. Ahora daba igual el dinero que tuvieras, no se podía viajar a esos países con la nueva variante del virus que había surgido.

A Juan se le encendió una bombilla, pensó que era una cosa muy desesperada, pero que qué más daba gastarse 20€ si luego no pasaba nada. Se fue al centro de Madrid y, como hacía cada año con su abuelo, se puso en la cola de Doña Manolita. Aunque estuvo esperando dos horas, no le importó, pensaba que su abuelo estaría orgulloso de él.

Cuando le tocó el turno, sólo dijo, «quiero un décimo que vaya a tocar, por favor». Juan sabía que era prácticamente imposible ganar la lotería jugando sólo un décimo. Había una probabilidad entre un millón. Lo había estudiado con su amigo Felipe el año pasado en un trabajo que hicieron para la clase de Matemáticas. Aun así, pidió el décimo y el lotero, un chaval de su edad, se sonrió, diciendo la frase que todos los días repetía a los miles de clientes que pasaban por la ventanilla: “este seguro que toca”. Lo que no decía es cuánto tocaba, si el primer premio, o nada. ¡No era listo el lotero!

Juan no estaba para muchas bromas. Ni siquiera se fijó en el número del décimo que le habían vendido. Le daba mucha pena la situación de su abuelo. Se acercó al hospital y le soltó una buena chapa a la señora de la recepción. Que si era muy importante que viera a su abuelo, que si era la persona que más cosas le había enseñado en su vida, que necesitaba compañía…

Se puso tan plasta que la señora, con tal de no escucharle, le dijo que subiera cinco minutos pero no más, y que luego se largase.

Juan subió corriendo. Su abuelo había terminado de cenar y estaba dormido. Seguramente le habrían dado un calmante para que no sintiese los dolores de espalda. En la tele estaba puesto el fútbol. El Madrid iba ganando 3 a 1 contra otro equipo que no le dio tiempo a identificar, pues en ese momento entró un enfermero a llevarse la cena. Antes de que pudiera preguntarle nada, Juan deslizó el décimo que había comprado en la rebeca que llevaba puesto su abuelo, y se marchó.

Ya en casa, Juan cenó algo rápido y se fue a dormir. Recordaba cómo de pequeño su abuelo rezaba con él cuando le llevaba a acostar por la noche. Eso era los días que venía a visitarle a su casa, antes de que viniese el virus. Se metió en la cama y, como cuando era pequeño, se puso a hablar con “el amigo Jesús”, como lo llamaba su abuelo. Le pidió que, por favor, su abuelo se curase, que era una gran lástima que se hubiera fastidiado la espalda por culpa de haber ido a coger el móvil justo cuando él le llamó. Le prometió al amigo Jesús que ayudaría más en casa y que dejaría de usar tanto el móvil para estudiar más para los exámenes.

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23 de diciembre, 10:00 h. Un día después del sorteo de Navidad.

Juan se despertó con la música que había puesto el vecino de al lado. Estaba muy bien que la gente cantase villancicos, pero él no tenía ningunas ganas de fiesta, su abuelo estaba mal, solo en el hospital, y él sin saber de qué manera podía ayudarle.

Al ir a desayunar su padre estaba escuchando la radio, como de costumbre. El locutor decía que el premio gordo se había repartido en varias provincias. Málaga, Valladolid, etc. Lo de siempre. Pero hubo un detalle que no se le escapó, “en Madrid se ha vendido sólo un décimo de este número”.

  • ¡Qué curioso decía el Padre! Sólo se ha vendido un décimo en Madrid. Con la cantidad de gente que hay en Madrid y sólo se vende un décimo.

>> Contactamos con el lotero de la Administración de… (ffffff -la radio de su padre a veces funcionaba mal).

>> Señor Pérez, ¿sabe usted que ha repartido el premio gordo de la lotería en Madrid?

>>¡Sólo se ha vendido un décimo! Sí, eso me han dicho. Ayer estaba atendiendo la ventanilla mi hijo, que me ayuda cada año en estas fechas.

>> ¿Conoce usted al agraciado? ¿Es alguien de la zona?

>>No sabría decirle, como ve, esta administración es de las más famosas de Madrid, siempre hay mucha gente que viene de todas partes…

FFFF (otra vez la radio de su padre, qué manía de no escuchar la radio por el móvil)

>> Pues despedimos la conexión desde la Administración de Doña…. Fffff

  • Papá, cambia las pilas a la radio, ¡por favor!
  • Pero ¡qué te pasa! ¡Ni que te hubiera tocado a ti el premio! Tranquilízate.

En su cabeza Juan no desechaba esa idea. ¿Y si era a él al que le había tocado el premio? ¡Paparruchas!, cómo le podría tocar a él el premio. Había una posibilidad entre un millón, y qué casualidad que, de entre los cinco millones de madrileños, el fuera el suertudo al que, unas horas antes de que cerrasen la venta de los décimos, le diesen el que nadie quería y que, sin embargo, había resultado agraciado.

Si al menos hubiera hecho una foto al décimo… No se culpaba, estaba bastante preocupado por su abuelo.

Intentó otra vez ir a ver a su abuelo. Estaba la misma recepcionista del otro día. Le dio tanta pena que con un gesto le dijo que subiera.

Al llegar a la habitación, su abuelo no estaba. Una enfermera le dijo que esperase, que no pasaba nada, su abuelo estaba haciéndose una radiografía y subiría en cualquier momento. Le vendría bien la compañía, siempre que no se quitase la mascarilla.

Mientras esperaba vio que la rebeca de su abuelo estaba debajo de la cama. Buscó en los bolsillos y ahí estaba, el décimo que él había comprado, con el sello de la Administración de Lotería por el reverso.

Rápidamente buscó cual era el número del premio gordo en internet. Se le calló el móvil del susto. Era el décimo ganador. Se puso muy nervioso, no sabía si llamar a sus padres o pegar un grito de alegría.

En ese momento entró su abuelo con un camillero que le llevaba en silla de ruedas.

  • ¡Abuelo! ¡No te lo vas a creer!
  • Disculpe caballero….

No pudo contenerse y le dio un fortísimo abrazo a su abuelo.

  • No te preocupes Abuelo, compraremos la máquina y te curarás, y se curarán todos los que tienen lo mismo en la espalda que tú.
  • Pero qué dices, nieto mío.
  • Mira esto -le dijo mientras le enseñaba el décimo-.
  • ¡Andá, chaval! -dijo el camillero. Este conocía la historia del décimo y de que sólo lo había ganado una persona.
  • ¿Cómo puede ser que toque un número que tiene cuatro ceros?, no ha pasado nunca.

Juan le explicó a su abuelo lo sucedido.

  • Señor Pedro, tiene usted un nieto con mucha suerte.
  • Ya te digo. Vale un montón.

Con este décimo me curaré yo y pondré un hospital para curar a todos los que sufren de espalda como yo. ¡Feliz Navidad!

Y en ese momento, el abuelo Pedro guardó el número 00001 en su cartera, mientras daba otro abrazo a su nieto y le decía: “Juan, me has salvado la vida”.

Juan le dijo: yo no, el de arriba, “el amigo Jesús”.

Pedro no pudo reprimir una sonrisa cómplice mientras escuchaba esas palabras de su nieto.

FIN.

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