“Un mundo feliz”, Aldous Huxley

«La gente es feliz; tiene lo que desea y nunca desea lo que no puede obtener.»

Probablemente sea uno de los libros más leídos desde el inicio de la pandemia, junto con “1984. Gran Hermano”, de George Orwell.

La lectura de este libro sorprende porque aparte de los clichés a los que está sometida la obra respecto de la construcción de un futuro mejor de felicidad para toda la humanidad, entraña unas discusiones y debates filosóficos y religiosos de gran calado y relevancia en la sociedad actual. 

Llama la atención que el discurso, elaborado en los años 30 del siglo pasado, sigue siendo vigente y se muestra con mayor relevancia a medida que el mundo occidental se adentra en una carrera despiadada por la digitalización de todos los aspectos de la vida cotidiana. 

El debate sobre los beneficios del progreso, que tan bien se desarrolla en la obra de Delibes (“El Camino”), encuentra en esta obra un marco muy interesante para la reflexión partiendo de una sociedad pretendidamente utópica de seres que han dejado de ser homo sapiens como tales, para estar clasificados en categorías de Alfas, Betas, Gammas, Deltas, y los sacrificados Elipsones de la casta inferior. 

Tras varios capítulos descriptivos del mundo utópico (?) que encierra la novela, y la descripción del monótono mundo en el que viven los personajes (trabajar, vacaciones de soma, sensorama, adoctrinamiento hypnopédico), la historia se torna fascinante cuando aparece en escena la reserva india de seres salvajes “no civilizados”. 

El protagonista -hasta ese momento-, Bernard, un Alfa-Más que se siente distinto a los de su categoría por ser más bajo de estatura que el resto de sus congéneres -de él se dice que le habían echado alcohol por error en su frasco antes de “nacer”-, y que tampoco encaja con los seres inferiores por no cumplir los parámetros de un Alfa-Más -se siente acomplejado frente a sus inferiores-, sirve al escritor para presentar un personaje raro, en una sociedad en la que si bien “todo el mundo pertenece a todo el mundo”, el se siente distinto, y por lo tanto tiene momentos de soledad que no son los que desea el sistema. El hombre sólo puede trabajar y actuar como se espera de él. No se admiten comportamientos incívicos, ni que esté solo mucho tiempo. Ha de estar divirtiéndose o disfrutando de los placeres y comodidades que el sistema proporciona. 

Sin embargo, este Alfa-Más logrará conseguir un permiso especial para visitar la reserva salvaje de seres “no civilizados”, seres primitivos que tienen hijos (algo inexistente en una sociedad de producción de personas en cadena mediante procesos químicos), que tienen una religión, que envejecen, sufren enfermedades, y mueren a edad avanzada por causa de las mismas.

El protagonista encontrará en esta reserva un salvaje, fruto inesperado de la relación entre otro Alfa-Más (el jefe de Bernard) con su novia, Linda, cuando fueron a visitar la reserva y en la que se perdió, sin poder regresar a la civilización. 

El salvaje, John -el verdadero protagonista de la novela-, también es un ser que se sentirá solo en su sociedad “primitiva” puesto que no es hijo de uno de los indios, sino de una mujer de la civilización. La madre, Linda, también sufrirá la carga de haber sido madre en una civilización en la que se aplican métodos anticonceptivos y los niños son creados y multiplicados en laboratorios. 

Finalmente, Bernard conseguirá llevarse al salvaje y a su madre de vuelta a un Londres civilizado. El Bernard que sufría por sentirse excluido entre los suyos aprovechará el protagonismo de haber traído al “salvaje” para mejorar su reputación, exhibiéndole como si de un trofeo se tratase. 

Tras la presentación de este conflicto entre mundo “civilizado” y un ser salvaje, la novela avanzará a unos últimos pasajes en los que se disfruta leyendo el debate entre la felicidad y la verdad, entre la creación de unas condiciones óptimas para garantizar la estabilidad de la sociedad en su conjunto y la dignidad del ser humano. 

La libertad supeditada al desarrollo y estabilidad de la humanidad. Una humanidad que está compuesta por seres que ya no son puros (son creaciones químicas), subdivididos en categorías, cada uno condicionado para el ejercicio de una función, sin mayor aspiración que la de realizar su trabajo, que les satisface según su clasificación, y después del cual reciben su dosis diaria de soma (droga administrada para que vivan en perpetua felicidad). 

En definitiva, una creación hecha por los “interventores” siguiendo los postulados del nuevo dios (Ford) para garantizar que todo el mundo es feliz en un ambiente encorsetado en el que cualquier progreso científico es limitado con objeto de impedir que se desmorone el orden establecido. 

Así, se advierte que los hombres se erigen en nuevos dioses con la felicidad y la estabilidad como fines últimos, degradando la dignidad y la libertad del ser humano, el cual está subyugado a un sistema en el que no cabe que cada uno piense o actúe por su cuenta, ni mucho menos que tenga descendencia o cree vínculos familiares. 

La crítica a esta sociedad totalitaria en la que la tecnología crea las condiciones para proporcionar la felicidad sacrificando la libertad, se torna de absoluta vigencia en un mundo en el que las conductas de los individuos se van reduciendo a un número de clicks que muestren los “likes”, “followers”, o, en última instancia el dinero que un artista o deportista gana, cosificando al ser humano y reduciéndolo a cifras monetarias.

En esta situación en la que la pandemia ha agravado el uso de las tecnologías es cada vez más imprescindible reclamar que las tecnologías sirvan al ser humano, en lugar de que el ser humano esté al servicio de ellas. Así, la vida de los salvajes indios de la novela debe recordarnos la importancia del núcleo familiar como germen y origen de la vida, las relaciones familiares, el conocimiento adquirido de los mayores y, por encima de todo ello, la necesidad trascendental del ser humano de búsqueda de un Dios que le ayude a explicar su soledad y el fin último de su vida.

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